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Niñas Prusianas

En una Prusia devorada, o tal vez los restos de un gueto. En alguna nación balcánica de los pogroms. Sospecho alguno de esos sitios. No un campo de esclavos ­­-de muerte total, de toda clase-, porque calculo que las sobras de esos lugares ya habrían olvidado incluso la noción juguete, y esta niña tiene un juguete doblado en sus brazos.

Miro, miro. Miro en parte porque hay algo en mí que me obliga. Algo en mi que dice: mirá, esto no está editado. Que te duela un poquito el estomago dice. Pasa, y ahí también estás. Solo que no te matan.

La cámara hace un paneo denso que recuerdo rápido sobre una ciudad en ruinas. Pero la imagen final, con la que uno cierra los ojos, reposa unos segundos sobre la niña. En cuclillas.  Se aprecian nítidas: dos manos de hueso crispadas sobre la boca, dos rodillas, un rostro que en realidad no es nada más que dos ojos, recubierto por un trozo de tela gris. La pequeña masa ya no se puede ni siquiera admitir como una niña sin enloquecer, sin querer encontrar venganza ahí, frente a la pantalla.

Los ojos, los ojos, ¡que cosa! Fijos. Aterrados. Qué cosas. La muerte misma esculpida en lo que alguna vez fue el cuerpo de una niña. De cinco años, de tres, de nueve, no importa. Solo es niña por el juguete entre sus brazos. Objeto inerte, pero con más vida. Así es como pincha, en la admisión alevosa. Insospechada.

De fondo, como algo inofensivo, una bala silba. Por delante de la niña se nos cruza un señor de traje, también muy flaco, y hace lo que hago yo ochenta años después desde la cama. La mira. Repone la mirada al frente y sigue caminando. Se acomoda la boina y escupe al tiempo que descubre al camarógrafo y de nuevo, los ojos del hombre contra los lentes. Espero su reacción. Puede hacer lo que quiera, y está bien. Sin embargo, la gravedad es consistente, el mensaje es el mismo. Duele tener que acostumbrarse.

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Me Quiero

Vine a esta vida con el único propósito de amar. De amarme. Si queda algo para el resto, mejor. A mi vida como crisol la rozan tantas formas; y me tocan, y me curan. Y me enferman.

Aunque al final, la vida soy yo. Este cuerpo que a veces se levanta vencido y otras con la irrefrenable pulsión de comerse las sobras del que duerme al lado. Del comerciante amigo, del filósofo que aún no leí. Devorarlos a todos para ensanchar mis márgenes y así redescubrirme en el espejo más amado.

Hace tiempo decidí mentirle a mí imagen, repetirle te quiero. A pesar de ser cruel, pero sobre todo por blando y solidario. Por esa caricia que di y nadie notó, al contrario recibí por ella un castigo. Juicio pesado al que a mis ojos no debí nunca someter. Conciencia en expansión o retirándose a los movimientos ácidos bajo el agua de la ducha; empieza caliente, luego tibia y culmina congelándome, como el amor.

De afuera no voy a esperar nada. Afuera muta peor que adentro y lo hace caóticamente. Se traslada del calor al frio acérrimo y me confunde. Al menos a mi amor le puedo medir la temperatura, prepararle una sopita y si es necesario, llevarlo a dormir con algún calmante. El ajeno no, el externo muerde.

Me miro en el espejo entero. A medias, me miro el torso y en otro acto las piernas y todo lo que habita en el medio. Me miro con una sonrisa y también, me miro temblando de miedo. Y creo en lo que veo, como un auténtico acto de fe.

Te quiero. Me arrodillo ante mi presencia, me agiganto, me avergüenzo.

No creo en los santos blanquitos, sí en los santos manchados de sangre y curtidos bajo rayos de dolor. Contemplo a un santo en el espejo que va arrojando bajo el grifo condenas. No creo en los feos, sin embargo, una y otra vez cuesta reconocerme las facciones cortadas por sus gritos, y los míos, y los ecos.

En las palabras no creo. Lo verdadero está en los ojos y en todo caso si las palabras son magia quieren convencerlos. Pero la verdad es una aureola de cristal, cuya elevación poca seriedad le otorga al ruido. Prefiero que las palabras vuelen, que bastardas se olviden. Me quedo con su prolongación mágica desde mi postura hasta mi reflejo, y convencer a mis ojos sobre lo que saben, me quiero. Como depredador y como mártir, por ser feliz rodeado de suicidas con los parpados cocidos, cuerpos agobiados por el verbo.

gringas sucias

Carla salía de bañarse cuando nos cruzamos bajo el marco. Que rico olor. Nos detuvimos. ¿Qué le pasa? Dijo, por decir algo. No sé, debe estar teniendo uno de esos ataques. Entre tanto, Carla y yo fuimos acercando los labios y unimos la punta de las lenguas. Después la boca y toda la baba. Sin demorarme la di vuelta y le pegué una chupada de cuello. Gringa sucia pensé, todavía tiene mugre. Fast please, largó Carla de costado con la toalla repartida entre mis dedos y sus talones, y el inglés de mierda que caracterizaba a las dos bárbaras. Su sombra me había conservado alerta. Yo era ese perro que avanza en silencio y tras algo imposible por los rincones del departamento. Al lado nuestro andaba Pía. Sentadita en el sillón, a unos pasos de la puerta. Pía temblaba. Sus manos, a la altura de la sien, iban de las orejas pasando por la vista y la boca cada vez más rápido. Carla no quiso controlarse. Yo no lo evalué. Ambos entendimos que el panic attack nos daba para un rato. Media hora promedio según los doctores. En algún momento terminamos. Carla había desaparecido. Por el contrario, yo nunca le quité la fascinación de encima al cuerpito a punto de quebrarse…  Sin goce ni repudio, mi mirada permaneció inmóvil, lo mismo hizo mí conciencia. Sobre el sillón contemplé a Pía volviéndose más y más delgada mientras nosotros garchábamos. Solo y sostenido por el marco vi cómo este bollito de mujer se erguía intentando reconciliarse con el mundo. Entonces me miró con los ojos más blancos que los míos y preguntó por Carla con la voz perdida. Parecía una de esas hojas de acelga que mi hermana solía deshidratar y fuera del microondas cortabas con la punta de un dedo. Aunque después de probarla era un asco. Creo que no se siente bien… repuse. ¿Y vos, que haces desnudo? Le contesté esbozando una sonrisa helada. Me imaginé de pie y concentrado en uno de los rincones de algún cuarto de tortura, con los zapatos lustrados sin una sola mancha. Pía atravesó el marco. Me cruzó, me rozó, y se compactó en la cama. Luego percibí algo húmedo en la pierna, era mi perro que quería pasear. Finalmente nos fuimos a dar una vuelta y compré un cortado dulce en la plaza. Dos medialunas, una para mí y otra para el perro. Caminamos bastante. En una de las cuadras pisé una hoja seca que crujió. Me detuve sobre la superficie de los mocasines, y noté que uno estaba manchado con sangre. Lo froté hasta no dejar rastro. Recordé que una de las gringas había desaparecido, así que al volver me quité los zapatos y fui derecho con la que intentaba conciliar el sueño.

Sur

Vos eras del barro y desapareciste, por seguirte el barro me cubrió.

Me costó regresar con tu tierra sucia a donde no estabas.

No sé qué fue lo atractivo de una orilla tan anticipada y seca,

incluso me avisaste…

¡extranjero!, cuidado, lo que estás viendo es barro, Riachuelo, no es tu cosa Don Pedro.

Yo era joven. Aun creía en la fábula de los buenos pobres que comen bajo la mesa grande. De los que papá dice que nos muerden las piernas de bronca.

Con esmero crucé la avenida sin darles la espalda. Nadie me robó, no se quedaron con nada mío; solo vos y tu tierra.

Entretanto, sigo siendo norte puro. Mientras, sigo siendo norte altivo. A pesar de que las burbujas del barrio me recelen por las esquirlas indisimulables de mugre.

De aquel lado del Riachuelo, los entes no tienen dueño y no se sufre por mal de amor. En esa miseria se olvidan los hechos, y los lamentos son un lujo extraordinario.

Al otro lado del río, más allá, lo propio y lo ajeno son lo mismo. Todo se reduce a una masa que absorbe y no fue otra que uno de tus reflejos bramando como una tormenta oscura en el horizonte, deambulando igual que el sinsentido de un alud.

Vacaciones 1a p.

De la lectura de Daniil Jarms, de la previa compañía de un amigo, surge esta seguidilla de textos breves y algo absurdos de la que comparto, no sabría bien con quién, esta primera parte.

El libro de Jarms lo recomiendo, se llama el cuaderno azul y otros relatos.

1 # Tanto no me importa

Olivia sufre una fijación extraña con los baldes plásticos. En un grado inferior y tal vez, unido a esto, también sufre de una obsesión con el personal doméstico.

Es natural que el balde plástico y el personal doméstico se atraigan dando como resultado un cóctel que el animal bebe a diario.

Todavía duermo cuando el personal llega y los elementos se combinan. Olivia abandona la cama y su llanto me despierta desde el otro extremo de la casa. Yo no puedo explicarlo.

Salto de la cama y, con la vista nublada en el piso, camino por el pasillo hasta encontrarla presa de un estado mixturado de angustia y goce. Eso sí lo registro.

Acto seguido saludo al personal, pateo a la perra hasta echarla de la casa y regreso a la cama tarareando la primera canción del día.

2 # Expectativas

La analista me sugirió que meditara sobre mis expectativas respecto a una pareja. Cosa que, mérito profesional al margen, nunca había enfrentado con detenimiento sino de manera incidental.

Me senté con una cerveza y lo hice.

Tras tres litros temperatura ambiente mis expectativas fueron las siguientes (el orden no interesa):

  • Que coma con la boca cerrada, pero que sepa abrirla si se está  ahogando.
  • Que sea lo más femenina posible, pero que abandone eso de ser necesario.
  • Que piense en los pobres, pero que deje de pensarlos si no tenemos para la propina.
  • Que me marque las faltas que yo considere razonables, pero que me permita faltar de vez en cuando.
  • Que aleatoria y deliberadamente me maltrate, así yo tengo con qué defender mis maltratos.
  • Que sea divertida. Por esto léase: que toda su ética recaiga en el punto cuarto. Para el caso el orden sí importa.

Me levanté tambaleando de la mesa. Llamé a mi novia a los gritos. Le pedí que me leyera mis apuntes y lo hizo sin oponer resistencia.

Conmovidos por cada incumplimiento, acordamos que era pertinente formar urgente una familia o mejor, separarnos.

3# Amigues

A mi mejor amiga empecé a tenerle miedo. Descubrí que era una bruja y que, cada vez que intento otra historia aparece sobrevolando. Yo dejo la historia en la mesa de luz y corro tras la estela de purpurina amarga. En unos segundos me transformo en una niña con el rostro atorado de brillante.

Regreso a la cama y la historia ya no reposa sobre la mesa de luz, ni tampoco nadie me sobrevuela. Me quedo dormido y al despertar, mi amiga la bruja, duerme conmigo. Me regaña con razón; la cama es suya y está repleta de purpurina.

Correlatos / Combustión

Abrir la ventanilla del auto para fumar tiene en el amor un correlato;

La ventanilla se abre de a poco,

y poco es lo que queda expuesto.

De primera, es mejor dejar solo un espacio breve entre el cristal

y la concavidad de la puerta.

Así, la presión obliga al humo

y el humo se retira con docilidad.

Cuando el calorcito incipiente,

el de la braza en el extremo lejano del cigarro

nos quema

apenas la punta de los dedos

desde una muy visitada

falta de control,

corremos el riesgo de ahogarnos.

Entonces,

conviene abrir la ventanilla plenamente.

Solo así podríamos disminuir la presión.

Solo así, no nos sorprende el peor humo,

el que sobra

cuando la combustión del cigarrillo terminó.

Paradigma

Es el paradigma

Son las letras que elegí

Atrapada en el sol

En millones de permisos

Así

Suelta y atada.

 

Despierto

Salto de la excusa

Sonrío

O retuerzo el pensamiento heroico

Sueño con héroes

Me secuestran

Me quieren porque tengo un don

Mi don es único

Cambia,

Todos los días

Me salva del tedio

Del paradigma

De las letras que elegí.

 

Nací aburrida

Pensaba encontrarme otra cosa

Algo ordenado

Limpito

Seguro

Prolijo

Tierno

Enorme

Chiquito amor tuve

Aunque conozco las células del axioma

Sé cómo se une la misericordia

Sé pescar recuerdos lindos

Pero para ti

Para vos trabajé toda mi vida

Mirando uñas de esos dedos

Dedos de lejos

Dedos de otros padres

Arañando el pelo de la sombra

Mi sombra

Es hermosa

Es todo lo que proyecto

Le cuidó el amor

Ese amor chiquito que tuve

(En fin)

Un amor.

 

Dolores Bosch 💜

 

Dos de José W.

Acerca de la Libertad

Esta mañana han comprado un pájaro

como se compra una fruta

un ramo de flores.

Dicen que Hokusai compraba pájaros para liberarlos.

También Leonardo

pero midiéndoles el impulso y el rumbo.

Posiblemente en la infancia he pintado pájaros

pero jamás les he hallado relación exacta con los aviones.

Estoy tentado a liberar este pájaro

a devolverle

su derecho de morir sobre el viento.

Me van a pedir razones.

Sentiré la obligación de hablar acerca de la libertad

pero mi familia que es muy lógica

dirá que afuera solo

con el viento

a ver qué hago.                                                                 

La Mantis Religiosa

Mi mirada cansada retrocedió desde el bosque azulado por el sol

hasta la mantis religiosa que permanecía inmóvil a 50 cm. de mis ojos.

Yo estaba tendido sobre las piedras calientes de la orilla del Chanchamayo

y ella seguía allí, inclinada, las manos contritas,

confiando excesivamente en su imitación de ramita o palito seco.

Quise atraparla, demostrarle que un ojo siempre nos descubre,

pero se desintegró entre mis dedos como una fina y quebradiza cáscara.

Una enciclopedia casual me explica ahora que yo había destruido

a un macho

vacío.

La enciclopedia refiere sin asombro que la historia fue así:

el macho, en su pequeña piedra, cantando y meneándose, llamando

hembra

y la hembra ya estaba aparecida a su lado,

acaso demasiado presta

Y dispuesta.

Duradero es el coito de las mantis.

En el beso

ella desliza una larga lengua tubular hasta el estómago de él

y por la lengua le gotea una saliva cáustica, un ácido,

que va licuándole los órganos

y el tejido del más distante vericueto interno, mientras le hace gozo,

y mientras le hace gozo la lengua lo absorbe, repasando

la extrema gota de sustancia del pie o del seso, y el macho

se continúa así de la suprema esquizofrenia de la cópula

a la muerte.

Y ya viéndolo cáscara, ella vuela, su lengua otra vez lengüita.

Las enciclopedias no conjeturan. Ésta tampoco supone qué última palabra

queda fijada para siempre en la boca abierta y muerta del macho.

Nosotros no debemos negar la posibilidad de una palabra

de agradecimiento.

Eso de los ojos

Hablemos que total no existís

pero exististe y fuiste tanto

existís y existirás,

y no, ni nunca.

Hablemos, si al fin sos atemporal y sin persona;

no estás en nadie

salvo en mí

que no duermo día y noche

pobrecita mi piel, por vos

Nos maltratamos, ¿te acordás?

y ahora, dijo el doctor

continuaríamos haciéndolo.

Yo pensaba en tomarnos unas vacaciones… cierta paz

aunque nos extrañaríamos y cómo!

concluí que a tu estado improbable de existencia

a eso,

le agregaríamos lo terrible de estar lejos,

por ser tan brutos nomás,

en el manejo del sonido

al mirarnos los ojos.

Cada vez que la visito a mamá

o cuando eso suceda

tu corporalidad cae de lo mas pesada

estoy un cadalso

estirado de pies, y manos.

Lo soporto feliz

con tal de re-encontrarte,

descreer de un no ser tuyo que a veces concibo hasta la soledad más acabada,

ignoro si tiene algún nombre dicha enfermedad.

Puedo lidiar con esto, yo

mi andar cotidiano y el reloj de metal que compré en Río

con la muerte del hamster, o con el homicidio del pájaro carpintero

puedo admitir que él se vaya, pero mamá

                                                                 que ni se anime a dejarme solo.

¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?

¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?

Que uno sólo tiene que buscarlo y dárselo.

Que nadie establece normas salvo la vida.

Que la vida sin ciertas normas pierde forma.

Que la forma no se pierde con abrirnos.

Que abrirnos no es amar indiscriminadamente.

Que no está prohibido amar.

Que también se puede odiar.

Como hacerte saber que nadie establece

Normas salvo la vida!…

Que el odio y el amor son afectos.

Que la agresión porque si, hiere mucho.

Que las heridas se cierran.

Que las puertas no deben cerrarse.

Que la mayor puerta es el afecto.

Que los afectos nos definen.

Que definirse no es remar contra la corriente.

Que no cuanto más fuerte se hace el trazo más se dibuja.

Que buscar un equilibrio no implica ser tibio.

Que negar palabras implica abrir distancias.

Que encontrarse es muy hermoso.

Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida.

Que la vida parte del sexo.

Que el porqué de los niños tiene un porque.

Que querer saber de alguien no solo es curiosidad.

Que querer saber todo de todos es curiosidad malsana.

Que nunca está de más agradecer.

Que la autodeterminación no es hacer las cosas solo.

Que nadie quiere estar solo.

Que para no estar solo hay que dar.

Que para dar debimos recibir antes.

Que para que nos den también hay que saber cómo pedir.

Que saber pedir no es regalarse.

Que regalarse es en definitiva no quererse.

Que para que nos quieran debemos mostrar quienes somos.

Que para que alguien sea hay que ayudarlo.

Que ayudar es poder alentar y apoyar.

Que adular no es ayudar.

Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara.

Que las cosas cara a cara son honestas.

Que nadie es honesto porque no roba.

Que el que roba no es ladrón por placer.

Que cuando no hay placer en hacer las cosas, no se está viviendo.

Que para sentir la vida no hay que olvidarse, que existe la muerte.

Que se puede estar muerto en vida.

Que se siente con el cuerpo y la mente.

Que con los oídos se escucha.

Que cuesta ser sensible y no herirse.

Que herirse no es desangrarse.

Que para no ser heridos levantamos muros.

Que quien siembra muros no recoge nada.

Que casi todos somos albañiles de muros.

Que sería mucho mejor construir puentes.

Que sobre ellos se va a la otra orilla y también se vuelve.

Que volver no implica retroceder.

Que retroceder puede ser también avanzar.

Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol.

Cómo hacerte saber, que nadie establece normas, ¡salvo la vida!…

Julián Aguiló / 1988-dosmilalgo